3.2.09

Martin McDonagh: Cerditos verdes y hombres con almohadas

Este señor es Martin McDonagh. Si le ven algún deje irlandés y barriobajero en la pose es porque es irlandés y barriobajero, si le ven alguna cosa perturbadora en la mirada es porque el caballero tiene historias perturbadoras en la cabeza. McDonagh es un tipo arrogante, y nadie lo discute: se lo puede permitir. Porque viene de donde viene, y puede acreditar que dejó la escuela a los 16 o que la BBC rechazó una veintena de sus guiones radiofónicos. Cuando todo lo demás falló, solo entonces, escribió teatro, confiesa. Y consiguió lo que buscaba: el éxito. ¿Lo hemos dicho ya? Martin McDonagh quería triunfar. Y rápido. Nada de escribo para mí mismo, nadie me entiende, o el tiempo me dará la razón. Aquí y ahora. Si falla un fuego hacemos otro y al final todo arderá, como Londres en 1966. Y si es necesario usar -USAR- el teatro para ello, bienvenido sea. Ahora ya ha conseguido su objetivo y todavía no ha parado, lo siguiente está siendo el cine (la multi-premiada y nominada para el Oscar "In Bruges"). Ambición total, aspiraciones de clase obrera.

Para McDonagh, todo lo de los demás es una mierda. Excepto por algún escaso reconocimiento ajeno (Pinter y Tarantino, a los que no le importa citar, o Shepard, del cual irlandizó su "True West"), McDonagh es pura arrogancia juvenil. Nadie le ladra, aunque a los señores de la pasta no les importaría domesticar un talento, que suponen puede hacerles aún más ricos. Quienes intentaron estigmatizar sus obras, por violentas o por hacer un descarado uso del mal gusto, acabaron lamiéndole el culo. Eso debe significar algo, y más para alguien ya de por sí poco condescendiente como McDonagh. Malcarado y borracho, como buen irlandés, como buen londinense de suburbio, McDonagh se permite incluso chantajear a los teatros: hasta que no representen sus obras, no habrá nuevo material. Es así, sus historias inhumanas han llegado al público y se han ganado el respeto, su derecho a existir comercialmente, a base de machetazos, así que por ahora -mientras McDonagh no de un paso en falso, al menos- no hay negociación.

"L'home dels coixins" se representa en el Lliure. No les vamos a cansar de nuevo con el rollo del público, pero a veces, uno desearía que Ariel y el teniente Tupolski salieran del escenario a repartir estopa entre la espantada (pero demasiado segura) audiencia de clase media. Apunta eso, Xiscu Masó: Que no solo reciba Katurian. Katurian, el escritor, merece al menos la mitad de los palos que le dan. ¿O no? Ésa es la pregunta que "Pillowman" (2003) pone en primer plano, después de dos horas largas de interrogatorio, gritos y mucho humor negro. ¿Somos culpables de lo que escribimos? ¿Qué pueden hacerle cuatro frases bonitas a quien lo lea, por enfermas que sean? ¿Somos tan vanidosos que creemos tener el derecho a decir cualquier cosa solo porque tiene una cierta magia, aunque por dentro sea pura mierda?

Katurian es metalenguaje, y eso tira para atrás, o enciende los warnings, como mínimo. Pero es que hasta en eso es remarcable McDonagh, los cuentos de Katurian son de lo mejor de la obra. Piénsenlo así: McDonagh tiene siete cuentos magníficos, y en lugar de explotarlos, venderlos, alargarlos innecesariamente, convertiéndolos en películas cuya historia se recordaría fácilmente, los resume y los usa para amenizar los interrogatorios de "L'home dels coixins". Decididamente, a este tipo le sobra talento.

Hay otras cosas detrás de toda esta macabra historia que pasan en general bastante desapercibidas para el horrorizado espectador. Son las cosas que McDonagh toma directamente de Harold Pinter, la dominación del individuo, la manipulación de las personas (aquí manifiesta en varios sentidos: de los polis a Katurian, de Katurian a Michal, de Katurian a los polis, de Tupolski a Katurian de nuevo), los juegos de poder. A "L'home dels coixins" no le falta, desde luego, contenido. Otra cosa es que busque la polémica por la cara, que lo hace y sin asomo de rubor. Busca el impacto fácil, y sabe dónde duele. Pero recuerden: Este tipo ha hecho humor negro del terrorismo irlandés y se ha reído a carcajadas de todo el West End. Ahora se ha armado de ponzoña, y escribe sobre crear relatos enfermizos, de parricidios y de matar a niños pequeños. Ningún actor da saltitos idiotas, cuando la representación acaba. Martin McDonagh no afloja. Y créannos, nadie aprieta como él.

26.1.09

The Weather Underground: ¡Traed la guerra a casa!


"Aquellos que hacen imposible la revolución pacífica sólo hacen inevitable la revolución violenta"
John F. Kennedy

Sea lo que sea a lo que se refería Kennedy en la frase que encabeza esto, lo cierto es que sirve para definir perfectamente al Weatherman. Es difícil encontrar un documental más aprovechable sobre el tema que el de Sam Green y Bill Siegel, del cual hemos sacado esta cita. Pueden aludir carencias (una mayor profundidad en las declaraciones de los weathermen más reticentes, por ejemplo), pero no se le puede sacar más chicha a una hora y media que empieza por el principio y acaba algo más allá del final. Ahí tienen el perfil completo del grupo. Pre, inter y post, desde sus orígenes pacifistas hasta su entrega voluntaria a la policía. Ahí tienen incluso las respuestas a la inquietante pregunta ¿qué fue de ellos?, respuestas que no siempre quisiéramos conocer pero que necesitamos saber.


Weatherman (origen del nombre, Bob Dylan: "No necesitas un hombre del tiempo para saber en qué dirección sopla el viento") fue una organización estudiantil llena de idealistas, jóvenes cargados de razones, que se vio abocada al terrorismo de baja intensidad durante los años setenta. Se clandestinizaron, tuvieron que volverse "underground", como dicen ellos, mutaron su nombre en The Weather Underground, para dar al más violento de los estados la respuesta que merecía. Una respuesta violenta, por supuesto, pero cuidadosa con la población y certera con sus objetivos. El Capitolio, el Pentágono, las Oficinas de la Guardia Nacional, la Secretaría de Estado, El Departamento Penitenciario de NY... Siempre símbolos de poder y dominación, centros generadores de odio abusivo, "instituciones de la injusticia americana", como los llamaban los Weatherman.

En su momento fueron "terroristas", pero esa palabra, plana, subjetiva y manipulada como pocas -solo unos peldaños por detrás de "democracia" y "libertad"-, no viste ni hasta los tobillos al Weather Underground. En un los años en que EEUU mataba a 2000 vietnamitas al día, dos docenas de veinteañeros fueron capaces de poner sus yemas en el filo y dejar en evidencia a la todopoderosa máquina del mal de su país. Piensen de nuevo en sus objetivos, ahí va otra vez la lista: Capitolio, Pentágono, Oficinas de la Guardia Nacional, etcétera. Desde luego, no eran cualquier cosa. Piensen que -salvo las suyas propias- nunca hubo víctimas, ni siquiera heridos (a lo sumo, alguna cabeza rodaría en el FBI). Piensen cómo unos blanquitos que no tenían edad más que para ser carne de cañón en el sudeste asiático y lo tenían todo a favor para acabar empujando la maquinaria yankie desde un lugar bastante más seguro, le dieron la vuelta al duelo, y pusieron los dedos en el ano del gigante, sin que éste llegará jamás a sacudírselos de encima.

Es cierto, como alguien dijo una vez -y ahora agárrense, que viene una frase pelín lírica, y sin embargo llena de sabiduría-: La mente es "una colcha de sueños cosida con hechos". Si la releen con detenimiento, seguramente estarán de acuerdo en que es una buena manera de resumir lo que fuera el Weather Underground. Unos chavales con mucha inteligencia, más sueños de los que podían manejar, y tantos hechos como fueron capaces de llevar a cabo, cargados a sus espaldas sin falsos arrepentimientos. Sus manifiestos fueron rotundos bofetones en la cara del podrido Tío Sam. Cualquiera podía entenderlos y relacionarlos directamente con la acción a la que correspondían. Y listos ya eran, ya. Siempre por delante del FBI, en la misma época en la que éste desmantelaba las Panteras Negras desde dentro. Un ejemplo vivo todavía hoy, cuando parece que nada pueda escapar al CONTROL, así, con sus siete letras en mayúsculas. ¿Qué nos dicen, por ejemplo, del rescate del gurú del LSD Timothy Leary, de una prisión de California? Menudo ridículo, señores de la Seguridad Nacional, aquello sí fue realmente gracioso, todavía se oyen las carcajadas, hasta las cejas de ácido...

Hay muchas cosas interesantes en la conducta de Weatherman y el devenir del Weather Underground. Les invitamos a que las descubran ustedes mismos en el documental "The Weather Underground", a que escuchen lo que tienen que decir Bill Ayers, Mark Rudd, David Gilbert, Kathleen Cleaver, y sobretodo la gran dama Bernardine Dohrn. Cincuentones todos, en retirada desde hace años unos, todavía activos políticamente otros, treinta años después de su salida de la clandestinidad. Sea como sea, les dejamos con nuestro particular cara y cruz, enseñanzas privadas y perfectamente válidas, creemos, para nuestros propios días.

Cara: "Los Días de Rabia fueron un intento de distanciarse de las normas aceptables de teatro. Aquí está la gente en contra de la guerra, contenibles, marginales, predecibles... y éste es el caminito por el que marcharán. Aquí es donde pueden hacer su declaración. Queríamos decir que no. Ibamos a hacer lo que fuera necesario para detener la violencia en Vietnam."

Cruz: "Recuerdo estar sentado en un banco de parque leyendo el diario y pensé aquí estoy, sentado en un banco de parque haciendo absolutamente nada, cuando había sido presidente de la organización antiguerra nacional más grande la organización estudiantil antiguerra en Estados unidos. Y pensé, qué desperdicio. ¿Qué estoy haciendo aquí? Pensé que nos estábamos reduciendo a un grupo que simplemente ponía una bomba aquí y luego, unos meses después, otra bomba allí, y luego otra bomba allá. Eso me pareció que estaba un tanto pasado de moda. Era como ¿cuánto más lejos podemos llegar? Y cada vez más nos veían como una especie de culto aislado."



"Fue una oportunidad valiosa, valiosa. Y creo que estuvimos cerca. Digo, creo que el mundo estuvo cerca de ver esos grandes cambios y creo que eso supone una diferencia en cuanto a la habilidad de movimientos pro-cambio que emerjan en el futuro."
Weatherman por determinar

"La rebelión es inevitable y continua. La resistencia mediante todos los medios posibles es necesaria y continuará sucediendo dentro de los Estados Unidos, igual que alrededor del mundo, y me mantengo comprometida con la lucha venidera"
Bernardine Dohrn, tras entregarse en 1980

25.1.09

El Gorrión Poderoso y el Señor Lee, segunda parte

Jamaica, 1956-1966

Mientras en Trinidad y Tobago el calypso nacía, crecía y se multiplicaba, en la vecina isla de Jamaica lo hacía el primero de una serie de estilos que con el tiempo convertirían a la Isla del Tesoro en la más suculenta reserva musical del mundo. El ska irrumpió con su su beat acelerado y su sección de vientos, sus acentos en los compases 2 y 4, y esas voces negras con ganas de movimiento, hartas de lamentarse y de tener el blues, con hambre de soul y rhythm & blues.

El Señor Lee tuvo mucho que ver en el auge del ska. En 1957, contaba ya con una de las mejores bandas del género, curtida desde tiempo atrás, cuando el Señor Lee -un gran jugador de fútbol, según las crónicas- empezase a hacer música con sus amigos Carl Brady, Ronnie Nasralla, Alty East y Ronald Peralto. Puesto que habían entablado amistad en el equipo de fútbol del St. George's College, no dudaron en bautizarse en honor al Dragón que formaba parte de la insignia del equipo. Se llamarían The Dragonaires. Un nombre que inspiraba respeto y amor a partes iguales.

Por supuesto el Señor Lee, de nombre Byron, sería la cabeza visible del grupo. No era el cantante. Ni era lo suficientemente guapo ni tenía la voz que requería el puesto, así que esa responsabilidad recaería en una serie de habilidosos profesionales a lo largo de los años, por no hablar de los invitados ocasionales con los que los Dragonaires contaron para las labores vocales. No, el Señor Lee sería la cabeza visible del grupo porque era el más inteligente y tenía una cualidad escasa y valiosa en aquellos primeros días del ska: Visión de negocio.

Quienes resumen la vida musical de Byron Lee afirman que su nombre era sinónimo de previsión, profesionalismo, vigor y compromiso. Algo de todo ello debía haber, desde luego, cuando el Señor Lee fue capaz de llevar a cabo con dedicación y eficiencia varias tareas más allá de las estrictamente musicales: llevar su propio sello discográfico, por ejemplo, o aparecer en "James Bond contra el Dr No", introducir en el ska el bajo eléctrico -un instrumento fundamental en lo que estaba por venir-, comandar la Federación de Músicos de Jamaica o la promotora Lee Enterprises, convertirse en el embajador internacional de la música ska, dar forma a sus propios estudios musicales (Dynamic Sounds), ser el responsable de la distribuidoción del sello Atlantic en Jamaica, producir a Boris Gardiner o a los Maytals... y varias cosas más que no vamos a anticipar aún.

Nadie como el propio Señor Lee para explicarlo con las palabras adecuadas: "De mi madre -que era de descendencia africana- recibí el soul, ritmo y amor por la música, y de mi padre -que era chino- recibí un hábil sentido del negocio". Importante fue también el origen no especialmente miserable de los Dragonaires. Muchos -incluido el propio gobierno jamaicano- vieron en el Señor Lee a la persona capaz de tomar las mejores ideas musicales de Jamaica y convertirlas en ventas, también para las clases medias y altas, y también en el extranjero.

Los Dragonaires pusieron en el mapa del ska el buen vestir y la calidad musical de los intérpretes. Eran una banda disciplinada y limpia, tanto en el sentido literal como en el metafórico: sin drogas, sin conflictos. Byron Lee representaba la constancia y el sentido común. A partir de ese momento y hasta el final de los tiempos, la mitad de los beneficios que consiguiesen los Dragonaires serían para pagar instrumentos y ropa, la otra mitad para pagar a los músicos.

Jamaica, 1966-1968

Pese a lo que pueda sugerir una actitud tan sumamente profesional, el Señor Lee estaba muy lejos de ser un conformista. Cuando su excepcional agudeza le indicó que el ska presentaba síntomas de agotamiento, convirtió a los Dragonaires en una excelente banda de rocksteady. A algunos les parece que toda la música jamaicana es igual, pero desengáñense: No lo es. El rocksteady jugaba a favor de Byron Lee. Usaba prominentemente el bajo y el órgano (los Dragonaires fueron también pioneros en el uso de este instrumento), y su flow, todavía bailable pero bastante más downtempo que el del primitivo ska, exigía habilidades musicales que no todos los grupos de Jamaica poseían. Anticipaba la era del reggae, pero no tenía nada del aburrimiento de éste. Quizás por eso el Señor Lee no destacó en la escena reggae que había ayudado a crear y acabó derivando hacia otro tipo de sonidos. El reggae era lírica rastafari, pero no tenía el soul del rocksteady, ni la mitad de la magia de éste.

Si el ska era Little Richard y Wilson Pickett, el rocksteady era Sam Cooke y Curtis Mayfield. En su álbum "Rock Steady 67" (título completo "People Get Ready, this is Rock Steady 67"), Byron Lee & The Dragonaires dejaron clara su enorme habilidad. Ahí se puede escuchar, junto a fabulosos rocksteadys de prominente bajo y sensacional voz, una excitante relectura de su clásico ska "007", que juega como quiere con el ritmo, transformándolo en algo innovador y todavía mejor. En "Rock Steady 67" se encuentra también un indicio de lo más significativo: Una versión del "Obeah Wedding" de Mighty Sparrow. El Gorrión Poderoso.

Entre Jamaica y Trinidad y Tobago, 1968-1989

Estaba claro que el Señor Lee había sido tocado por la varita del calypso. Había conocido a Mighty Sparrow y quedado prendado por éste y por su música. Los Carnavales de Trinidad y Tobago y todo lo que conllevan dejaron una importante huella en el Señor Lee, que ni pudo ni quiso borrar, como se vería más tarde.

Tras el aviso del "Obeah Wedding" en "Rock Steady 67" llegó "Sparrow Meets the Dragon" (1969), que si tienen buena memoria seguramente recuerden de la primera parte de este cuento, en la que una de sus copias aparecía en una ciudad holandesa para viajar hacia las templadas aguas del Mediterráneo. En "Sparrow Meets the Dragon" el Señor Lee y sus Dragonaires ponían su clase y pericia habituales al servicio de Gorrión Poderoso, en una suerte de abrazo jamaicano alrededor de la música de Trinidad y Tobago. Es fundamentalmente un disco de calypso tardío, pero a la vez uno de los hitos que marcarían la trayectoria de Byron Lee.

Aunque haya quedado oculto por el peso de los Dragonaires de los primeros sesenta, en cierto modo es bastante más importante que todos esas viejas grabaciones ska en una isla que ya tenía cientos de bandas de ska. A diferencia de sus compañeros jamaicanos, el Señor Lee era capaz de desmarcarse cuando quería y de hacer lo que le diese la real gana. Amaba y respetaba el calypso como amaba y respetaba Trinidad y Tobago, y se sentía especial por el mero hecho de poder grabar algunos de los (muy buenos) calypsos de Mighty Sparrow junto a éste. O por poner el órgano de fondo a "Only a Fool", la canción más exitosa del álbum, en la que Gorrión Poderoso practicaba su registro más meloso. "Only a Fool" no hubiera sido lo mismo sin el Señor Lee. Tampoco podríamos escuchar el finísimo instrumental "More and More Amour", que nadie con dos dedos de frente dudaría en utilizar como sintonía de algún programa de radio.

Si "Sparrow Meets the Dragon" sirvió o no para poner el calypso en el mapa internacional, o para hermanar a Trinidad y Tobago con Jamaica es algo que resulta difícil de saber. Pero sin duda marcó un punto de inflexión en la música del Señor Lee. Byron Lee & The Dragonaires demostraron que podían ser también excelentes músicos de calypso primero, y soca (el descendiente natural del calypso) después. Para algunos sería solo dos estilos más que añadir a la lista, para otros se trataba de una buena banda de ska perdida sin remedio, para los que quedaban la demostración de que los Dragonaires no se relajaban ni se conformaban. Siempre mejores, siempre adelante. Merecían todo el respeto que tenían. Merecían incluso MÁS respeto del que cualquiera podía tenerles.


Entre Jamaica y Trinidad y Tobago, 1989-2008

En 1974, los Dragonaires tocaron la "road march" en el carnaval de Trinidad, y no sería la única ocasión. Y un paso más adelante: en 1989, Byron Lee & The Dragonaires consiguieron un reconocimiento único en su país adoptivo. Ganaron el premio del Downtown Carnival Committee. Era la primera vez que un grupo de fuera de Trinidad lo conseguía, así que por fin podía decirse que, por un lado, habían dado color a algo que les entusiasmaba, como era el Carnaval de Trinidad, y por otro lado habían ayudado a mejorarlo, aportando su propia soca, que la gente de Trinidad y Tobago apreciaba y disfrutaba como si fuera suya.

Con respecto a Jamaica, al Señor Lee le quedaba una última aportación importante que ofrecer a su isla natal: La creación del Carnaval de Jamaica, a imagen y semejanza del Carnaval de Trinidad y Tobago. En 1990 Byron Lee consiguió el objetivo de su vida, y desde entonces, hasta nuestros días. Cada año, se elegía la "road march", y cada año The Dragonaires creaban una canción para su Carnaval, el Carnaval de Jamaica. El Señor Lee legó a su gente algo por lo que le recordarían, algo más grande incluso que la música. Pero algo nacido, no hay que olvidarlo, de su amor por la música, un amor evidente que gobernó por completo su vida.

Jamaica, 2008

El Señor Lee murió el 4 de noviembre de 2008, cuando contaba con 73 años de edad. Dicen que una muerte nos afecta más que mil muertes, y es absolutamente cierto. Muchos ni siquiera lo recordaron en sus rimbombantes listados de resumen del año, grandes acontecimientos sin ningún tipo de sentimiento, o les dio igual porque el Señor Lee, ya se sabe, era mayor y algún día tenía que morir. Sin embargo, aunque a quienes dictan lo que hay que recordar y lo que no de cada año no les importe, el Señor Lee murió luchando contra el cáncer en 2008, y eso es algo que por lo menos Jamaica recordará, cuando este marzo las calles de Kingston se llenen de colorido y fiesta. Y soca, mucha soca, una auténtica bacanal de soca. Toda la soca del mundo, que el Señor Lee, también en este 2009, aunque sea en algún lugar muy lejano, bailará como un poseso.

24.1.09

El Gorrión Poderoso y el Señor Lee, primera parte

Érase una vez... Así, con estas tres palabras, empiezan todos los cuentos. "Érase una vez..." y bla bla bla... A propósito, recuérdennos que les hablemos en breve de "L'home dels coixins" de Martin McDonagh, de cuentos, de cómo explicarlos y de la semilla que contienen. Pero otro día. La historia de hoy es diferente, menos dura y más "joiosa", como decimos por aquí. "Joia" es una palabra catalana que curiosamente no tiene equivalente en castellano, pero sí en inglés y francés: "Joie". Misma raíz, mismo concepto. En castellano vendría a ser algo parecido a "alegría de vivir".

Pero no se impacienten. Nuestro cuento empezará pronto, en no más de tres párrafos. Antes, permítannos la indulgencia de hacerles una pequeña introducción, no esencial para el argumento, pero sí necesaria para nosotros, y para que esta historia alcance la dimensión y la magia de lo que viene a ser un cuento.

Amsterdam, diciembre 2008

Mr Sloane se encuentra en la Venecia del Norte para intentar vivir el fin de año de 2008 en una fiesta diferente. Lo que tiene de especial esa fiesta es que en ella van a actuar los Pedro Delgados. Los Pedro Delgados, sea lo que sea el motivo por el que eligieron ese nombre, son de hecho la mejor banda del mundo de bluegrass tocado a lo Pogues. Mr Sloane había tenido la increíble fortuna de poder verlos hacía tan solo una semana, unos días antes de Navidad. UNA semana, y ya los echaba de menos. No hace falta decir que había sido uno de los mejores conciertos en los que había estado nunca, uno de los mejores cuartos de hora de su vida según él mismo lo recuerda. Tan bueno que no dudó en volver a volar de nuevo a Amsterdam en la mañana del día 30 de diciembre, para encontrarse de nuevo con ellos y con su vivificante música.

Lamentablemente, Mr Sloane no consiguió entradas para ver a los Pedro Delgados, pero ese mismo día estuvo en un mercadillo cerca de la casa Rembrandt, un mercadillo en el que costaba pasar los discos con los dedos, del frío que hacía. En Amsterdam estaban bajo cero, los canales estaban congelados, en las afueras los niños patinaban en cualquier superficie que el frío hubiera convertido en hielo. Allí, en el mercadillo de Waterlooplein, junto a dos álbumes de Tom Verlaine y el "Christmas Album" de los Jackson 5 (la época del año mandaba) que compró sin dudarlo, se encontró con un disco único y especial, un disco que pondría junto a aquellos que le habían cambiado la vida, y que le ayudaría a superar la decepción de haberse perdido a los Pedro Delgados.

Barcelona, enero 2009

Érase una vez "Sparrow Meets the Dragon". Érase una vez (ahora sí) un vinilo con una portada de las que le gustaban a Mr Sloane. Dos tipos sonrientes del Caribe con traje de fiesta, pajarita uno, sobre fondo rojo, y corbata el otro, sobre fondo azul. Debajo del tipo de la pajarita rezaba: "The world's greatest Calypsonian. The Mighty Sparrow". Debajo del de la corbata: "The Caribbean's No 1 band. Byron Lee and the Dragonaires". Uniendo los rectángulos rojo (The Mighty Sparrow) y azul (Byron Lee) había una etiqueta en la que se podía leer "SpaLee Records". SpaLee Records, ¿lo pillan? Mighty Sparrow con Byron Lee & The Dragonaires.

Ptfsss... la aguja se clavó sobre el disco, que empezó a rodar y...

Trinidad y Tobago, 1949-?

Le llamaban Gorrión Poderoso. Es un nombre extraño, aunque quizás no lo sea tanto teniendo en cuenta que corresponde a un cantante de calypso. Sus colegas de profesión no se comedían lo más mínimo: El Duque de Acero, León Estruendoso, Sir Lancelot, Superazul, Señor Invasor, Macbeth El Grande... Sí, definitivamente, Gorrión Poderoso está más que bien para un cantante de calypso, hasta suena humilde. El calypso es la música por excelencia de Trinidad y Tobago, la aportación colectiva de esas dos pequeñas islas caribeñas (entre ambas hacen la mitad que Jamaica, 22 veces menos que Cuba) a la música popular del siglo veinte.


El calypso es una música excitante y festiva como ninguna. En Trinidad y Tobago tienen un carnaval bastante espectacular (el clima tropical es el gran aliado de los carnavales de todo el mundo), un Carnaval con C mayúscula. Está muy ligado al calypso, cada año se elige una canción como la Carnival Road March, una distinción que Gorrión Poderoso, reconocido como uno de los mejores cantantes de calypso de las islas, ganó en nada menos que ocho ocasiones.

No es extraño. En verdad, Gorrión Poderoso es un cantante excepcional. Sus letras ("ingeniosas, irónicas y picarescas", según la Wikipedia) tienen aquello que hay que tener para que una canción se haga popular en las fiestas. Y el calypso es una música de fiesta, no lo olvidemos. Por si esto fuera poco, el tono de Mighty Sparrow, capaz de alcanzar registros de la mayor melosidad, permite que su voz sea tan disfrutable en los carnavales como en casa. Ahí lo tenemos: El Rey Mundial del Calypso. Y "Obeah Wedding", una de las mejores canciones de la historia del calypso y la música popular en general, sea cual sea su origen. Aquí está recopilada, junto a otros calypsos (seleccionados por El Guincho, por si alguien necesita las credenciales) indestructibles, imborrables, inolvidables, inmortales, in-mil-cosas-más... Que les recomendamos, por supuesto. No solo encontrarán grandes cantantes, como Mighty Sparrow, sino una música que les enamorará, les moverá y les con-moverá, con esa melodía que lleva a cuestas dos cosas importantísimas: el baile y una historia bien contada. Que tiene una dicción entrañable, armonías negras y sección de vientos. Que atraviesa el aire con su ritmo y se te clava, se te clava, se te clava... Que tiene todo el encanto de lo antiguo, y ese olor a campos de algodón, cultivos de caña de azúcar y plantaciones tabaco, ese algo único que solo parecen poseer los descendientes de esclavos y piratas, y que impregna el ska, el jazz vocal, el rocksteady, el doo-wop, el funk o las músicas africanas: SOUL. S-O-U-L.

Gorrión Poderoso lleva el sello del calypso. También hizo algo de soca (el descendiente natural del calypso), pero por lo que se le recordará siempre es por sus calypsos y su manera de cantarlos. Es otro estilo de carrera musical, nada comparable (por suerte) a lo que eso significa en el primer mundo. En Trinidad y Tobago, si uno es el Rey del Calypso, lo que hace es calypso y punto, cada vez mejor. Se convierte en un artesano de esa música y atesora su corona con una sonrisa, esforzándose por no perderla. Participa de lo que significan sus canciones para su gente y los ve moverse y sudar y disfrutar. Es a ellos a quienes canta, de ellos cuyos problemas conoce, y con ellos con quienes crea un vínculo vital/cultural/mágico. Y el cantante en cuestión les habla de lo que les preocupa y es el primero en dar la cara y en decir las cosas, y también el primero en las fiestas. Ríe y baila en el carnaval como el más alegre. La palabra es "Joia", les hemos hablado de ella, ¿lo recuerdan?

Y, aunque nadie podría asegurarlo, seguramente fue en uno de esos desfiles "joiosos" de Carnaval donde el Señor Lee conocío a Mighty Sparrow. Sí, quizás fuera en Puerto España, un día de febrero. Quizás Mighty Sparrow cantaba "Obeah Wedding". Y quizás ese año fue uno de los ocho en los que ganó el Carnival Road March. Quién sabe. Desde luego, así es como fue, en este cuento. Así es como el Señor Lee conoció a Mighty Sparrow, y se enamoró de su música y el Carnaval de Trinidad y Tobago.

22.1.09

Las empresas no son de izquierdas ni de derechas, son de sus propietarios

Lo cierto es que, por anecdótico que pueda parecer, el caso del cese de Nacho Escolar en la dirección de Público tiene alguna enseñanza que ofrecernos. Nada pasional, no crean. Estamos a bastante distancia, en muchos sentidos, de lo ocurrido. Demasiado lejos como para que nos afecte, pero aun así la curiosidad es poderosa, aunque solo sea por aquello de que, si fuésemos de carne y hueso, tal vez hubiéramos compartido coordenadas en el espacio-tiempo de hace casi diez años con el Nacho Escolar que actuaba de materia gris en Meteosat.

1. Mucha gente conoce Público y cree que es (o ha sido) un diario de izquierdas. La afirmación es bastante inexacta, pero ¿es esa razón para menospreciar a Público? ¿no es cierto que su mensaje ha llegado a más personas que el de Rebelion o La Haine? El último diario en papel se hizo con su espacio y seguramente les costó lo suyo. Lucharon. En el frente mainstream, pero lucharon.

2. Esperaremos unos años antes de volver a preguntar a Nacho Escolar por su cese. Su opinión pública a día de hoy la podría haber escrito su relaciones públicas, si lo tuviera. Se intuyen demasiadas lealtades, no especialmente con los responsables de Público, pero sí con su redacción. Lo cual le honra, aunque a nosotros no nos sirve de nada. Así que dejamos de leerlas a la de ¡YA!.

3. Donde las versiones oficiales fallan, la conspiranoia vence. Hay poderes ocultos, lo sabemos, aunque no los veamos (por eso son ocultos). Nos dirigen aunque no lo sepamos, mueven sus alas allá y, de repente, alguien dice al menda de la pasta del último diario en papel que ha encontrado en Prisa al tipo perfecto para vender más periódicos. Desconfíen siempre. Y acertarán casi siempre.

4. Levantar un diario desde cero es "el objetivo de una vida". Eso es verdad. Nacho Escolar tuvo su objetivo y, a pesar de lo ocurrido, quizás lo haya conseguido, al menos en parte. Por cierto, ¿alguien podría hacer una lista de "objetivos de una vida" para quienes no los tenemos? Todo el mundo debería tener derecho, por lo menos, a uno.

5. ¿Cómo se pone nota a algo como Público? ¿Cómo sabemos que un ser con tantas piernas y una espada en forma de rayo es ángel o demonio? ¿Sirve la media estadística para esto? ¿La media en volumen de páginas o en número de artículos? ¿O mejor la media de las dos medias, ponderada por el riesgo del momento y descontando los artículos meramente "publicitarios"?

6. ¿Qué se considera libertad en un medio de prensa? Si de verdad hay presiones (que las hay, como Nacho reconoce: "Las presiones existen y son poderosas. Pero no tantas ni tan imparables como os imagináis desde fuera. He tenido la suficiente capacidad de maniobra como para poder responsabilizarme plenamente de mis errores y de mis aciertos"), ¿dónde está el límite para actuar con absoluta libertad? ¿Qué debe hacerse con esas presiones? ¿Y con las otras, las presiones no-manifiestas, las presiones latentes, que son las más peligrosas? ¿Se las torea? ¿Se las ignora? ¿Se las engaña? ¿Se las invita a ir de copas?

7. Queremos dirigir un diario, queremos perder el sueño alguna noche por algo que creamos que merece la pena. Queremos vencer a los malos y ver en el quiosco algo que valga la pena. O querríamos, si estuviésemos en 1940.

8. Porque por supuesto, Público es el último diario en papel, como dice Nacho. Nos jugaríamos los genitales (de otro, por supuesto) a que es así.

9. ¿Qué fue primero, el periodismo o los ideales? No, reformulemos la pregunta: ¿Público se creó primero como cabecera, y luego fue con su imán atrayendo ciertas ideas? ¿O existía tal hervidero de inquietudes que no quedó otro remedio que crear un diario de papel para darles salida? Lo deseable es lo segundo, pero todo apunta a que pasó lo primero, y que los propietarios (sean quienes sean) siguen teniendo el imán bien agarrado con cadenas de eslabones tamaño petrolero.

10. A pesar de todo, Nacho nos sigue cayendo bien, mucho mejor que la mayoría. Nos sigue pareciendo valiente, para el ámbito en el que se mueve, que es entre auténticos tiburones del conservadurismo y el psoísmo. La reina y su familia, la memoria histórica (o lo que así llaman por ahí), Obama y su esperanza blanca... hablamos de otro ámbito, que no es el nuestro, por mucho que respetemos al equipo de Nacho. Aunque si nos quieren encontrar en algún lugar de Público, búsquennos entre las filas de los aliados: comprando el DVD de "Mi hermosa lavandería" (Stephen Frears), leyendo lo que puedan tener que decir Javier Ortiz o Joan Vich, o deslumbrándonos CADA DÍA con la "Plétora de Piñatas" de Mauro Entrialgo. Ahí sí. Nos vemos.

16.1.09

Lo tuyo es puro... apetito

[una pequeña tormenta de ideas, ligeramente conexas, sin imágenes ni links]

Disculpas. Hemos estado ocupados y sin demasiadas ganas de escribir. Pocas, poquitas ganas, de clasificar y dar forma a las ideas que se acumulaban torrencialmente en nuestras pequeñas esponjas grises de pensar. Pero todavía mantenemos las ganas de contar cosas, y en particular a ustedes, aunque sea de manera desordenada y enfebrecida. Buenos días, ideas anfetamínicas. Sigan bailando de ese modo, y saldrán disparadas por el sitio menos pensado. Sigan jodiendo así, y no tendremos más remedio que hacer un pequeño listado:

1. El teatro tiene algo. El 90% de su público sigue siendo un asco, eso es innegable, pero es un refugio de inquietudes interesante. Solo hay que saber buscar -como en cualquier otra cosa- el grano. Abstraerse de la extendida condescendencia habitual en el medio, y buscar almas gemelas en la dirección, los montajes y sobretodo la máquina de escribir. Digan no a la complacencia burguesa, pero sí a Sam Shepard, Tennessee Williams, Thornton Wilder, Samuel Beckett o Alan Bennett. Sí a todos ellos. Y siempre SÍ a Joe Orton, por supuesto.

2. Necesitaremos espacio para hablar como merece sobre Sam Shepard. Nos cambió los esquemas como nos los había cambiado Joe Orton, pero de manera muy diferente. Por sus múltiples caras creativas y el descomunal tamaño de su aportación al no-arte, Sam Shepard no se puede explicar a la carrera. Su constante mutabilidad, la destrucción inconsciente y brutal de las etiquetas, el abuso indiscriminado de la contradicción, su entropía polvorienta y ruda, en plan american-way... Todo eso es Shepard, resumiéndolo en un primer barrido. ¿Entienden algo? No, ¿verdad? Por eso necesitamos espacio (y tiempo). Les hablaremos de él pronto.

3. Tennessee Williams (el nombre propio con más letras dobles del mundo) es ineludible. Simplemente está ahí, al acecho, esperando a que un día te acerques con curiosidad para atraparte en sus redes. Su exitosa obra pasa la prueba del escéptico y del quisquilloso, categorías ambas a las que sin duda pertenecemos. El arqueado de cejas se demuestra ridículo ante cosas como "Un tranvía llamado deseo". Psicoanálisis del bueno, el que se rebela con sutileza y se explica en grandes historias. Clásico entre los clásicos. Pónganle, como hizo él mismo, "It's Only a Paper Moon" de fondo, cantada por Blanche DuBois, o en la sonriente versión de Nat King Cole. Y empiecen a derretirse. ¡Rendición!

4. Thornton Wilder espera su turno en el estante del Expedit. En primer lugar, porque Kurt Vonnegut se tomó la molestia de lanzar el gancho en el mismo libro en el que hablaba sobre Tennesse Williams: "Timequake". En segundo lugar, porque Vonnegut, siempre enemigo de las ideas excesivamente complicadas, supo decir exactamente lo que hacía falta sobre los personajes de "Our Town". No pudimos resistirnos, así que, si lo que Vonnegut contaba es remotamente cierto (que seguro que lo es), no pierdan el tiempo leyendo esto. Corran a por "Our Town", que igual llegan antes que nosotros. Y ya de paso no se olviden de "Timequake", lo habrán acabado antes de que llegue febrero y se habrá convertido en uno de los libros más importantes de su vida.

5. El viejo Cuttlas sigue vivo. Sigue siendo un ser extraordinario, de rave con los cherokees, batiéndose en duelo con Jak El Malvado, flipando con las tortillas de Juan Bala o agitando ocho brazos en medio de un concierto de Kraftwerk. Calpurnio es otro Mauro Entrialgo. Todavía con sangre y con gracia, un primo hermano en las tiras de prensa, lo que querríamos decir nosotros si nos atreviéramos a dibujar. Still crazy, after all these years, que diría Paul Simon. ¿Y saben qué? Hicieron una obra de teatro sobre Cuttlas, y no estaba mal. Se representaba en el Teatre del Raval y nos gustó, así en general. Criticones como somos con lo que hacen los demás, le sacamos sus defectos (que si les sobraba jocosidad a las bromitas, que si el tono psé, que si Juan Bala parecía más Speedy González que Juan Bala, etc, etc). Criticar es gratis. Pero apreciamos los esfuerzos por mantener a Cuttlas en el minimalismo, por trasladar al escenario las líneas escuetas de Calpurnio. Bravo por eso.

6. Alan Bennett ha entrado como nombre propio en nuestro Olimpo sin dioses. Había ciertas cosas suyas que ya pertenecían a este particular paraíso de colores carente de forma que veneramos. Por ejemplo, se abren paréntesis, el guión de "Ábrete de orejas" ("Prick Up Your Ears", 1987), la película de Stephen Frears sobre la biografía de Joe Orton, se cierran paréntesis, y con la vuelta a Orton se cierra de paso el círculo. También "The History Boys" (2006), una estupenda película de estudiantes ingleses con corbata. Alan Bennett escribió la obra de teatro en la que se basa e hizo el guión de la película, que aprovechó buena parte de los actores de la versión teatral. Richard Griffiths, en el papel de Hector, está espléndido, como pide un personaje jugosísimo e inspirador. El joven Samuel Barnett canta con la mayor dulzura del mundo "Bewitched, Bothered and Bewildered" (veinte veces mejor que la también reciente versión de Rufus Wainwright). Lo mejor de "The History Boys", sin embargo, es lo que Bennett dice a través de los personajes, los cuales construye lo suficientemente dispares entre sí como para mover a la reflexión sobre maneras de enseñar y de aprender, sobre la inspiración que obtenemos de nuestros mentores, sobre la importancia de las cosas que leemos, vemos y vivimos, en lo que nos convirtieron, en lo que nos convierten, en lo que nos podrían, todavía, convertir. La obra de teatro se puede ver todavía en Barcelona, adaptada al catalán, con actores/alumnos que emulan lo mejor que pueden a los inglesitos de Bennett. Por mucho que nos tire para atrás la jugada sobre seguro de Josep María Pou ("The History Boys" es caballo ganador, señor Pou), o su posición de "hombre de teatro" (un término que odiamos, como odiamos en general a las "vacas sagradas", sean del tipo que sean), siempre es mejor que se represente "The History Boys" que cualquier nadería sin sustancia. Sí, aunque sea para un público caído desde Pedralbes y la Bonanova en el Goya, incapaz de reconocer las profundas incisiones en el tono cómico y ligero de "The History Boys". Si no quieren ser como ellos, escuchen lo que Bennett tiene que decirles a través de Pou. Escuchen, y empápense de la filosofía de Hector, de Mrs Lintott y de Irwing. Sientánse como Posner, Dakin y Rudge: nadando entre varias aguas, de frente ante varios caminos. Eternos estudiantes, eternos enseñados, seres hambrientos... eternos aprendices de todo...

23.11.08

These Sporting Sounds

Margaret Hammond (Rachel Roberts) podría ser el reverso de Poppy Cross. Varios de los personajes de "This Sporting Life" (1963), de hecho, podrían serlo. Y esto incluye en cierto modo al protagonista de la película, Frank Machin (Richard Harris). Tiene más vida dentro que Margaret, pero ni con toda su rabia es capaz de crear algo que invite remotamente al optimismo. En "This Sporting Life" la felicidad es manifiestamente difícil de conseguir. Un imposible por la que algunos quieren luchar y no saben cómo, mientras que para otros el esfuerzo ni siquiera merece la pena.

Y se trata de una buena película, tocada por todo aquello de lo que tanto hemos hablado por aquí, la esencia del mejor free cinema de los sesenta. No hay pérdida: Dirigida por Lindsay Anderson ("If....", "O Lucky Man!"), producida por Karel Reisz ("Saturday Night and Sunday Morning", "Night Must Fall"), y protagonizada por un fornido joven, Richard Harris, working-class hasta las cejas, rudo y lleno de bilis. Un "ingenuo salvaje", como reza el título en castellano, infiel como pocos con el original inglés. Richard Harris toma a la vez el lugar de Richard Burton en "Look Back In Anger", el de Tom Courtenay en "The Loneliness of the Long Distance Runner", y el de Albert Finney en "Saturday Night and Sunday Morning" o "Night Must Fall". ¿Quieren más? La película contiene las mejores escenas de rugby en B/N jamás grabadas. Francas en los vestuarios, impresionantes en el campo. Richard Harris interpreta a un jugador de rugby, aparentemente muy seguro de sí mismo y en continuo conflicto con las ilusiones de su entorno. ¿Pueden imaginar un papel mejor para Richard Harris? No hace falta decir que lo borda. Harris nació para interpretar a ESTE jugador de rugby, crudo ex-minero con más corazón que educación.

Pueden encontrar aquí ese Northern England tan habitual en la época. El City Rugby League Football Club de la película tiene muchos números de ser el Derby, aunque no se mencione explícitamente. Juegan contra el Leeds y los extras son (reales como la vida misma) del Wakefield, que es por cierto la ciudad natal del escritor/guionista de "This Sporting Life", David Storey. No es extraño pues que, así a pelo, cueste entender los diálogos, que todos del más joven al más viejo digan aye en lugar de yeah, o que los exteriores contengan pobreza, campos de rugby y paisajes industriales a partes iguales.

Así que si todo esto les conduce, como a nosotros, a un estado de rabia creativa, ésta puede ser una de sus películas. Aunque, sinceramente, hoy no pretendíamos hablarles de esto. Ni de la infelicidad ni de injusticias, sino de canciones. Cierto es que tenemos el radar algo desviado y que en seguida encontramos interés en los sonidos, como otros lo encuentran en la fotografía o los decorados, pero ¿qué le vamos a hacer? Tan importante nos parece una canción como el ostentoso coche blanco que de inmediato adquiere Frank Machin, las salas de baile y restaurantes para ricos en los que Machin es como una veta de carbón en medio de una playa de arenas blancas. O los pubs en los que el jugador de rugby es reverenciado como el gran héroe de su clase, el tipo que fue capaz de alcanzar el éxito que ellos jamás podrán conseguir. O los comités del club, o las fiestas/recepciones en casa de Weaver, en las que los millonarios libran sus estúpidas guerras de poder, moviendo fichas que solo ellos entienden sobre sus monos de feria, sus gladiadores, sus jugadores de rugby.



Las canciones, decíamos, son importantes para esos momentos, y en una película como "This Sporting Life" tienen la cualidad de que cuando aparecen lo hacen para participar en la historia. Se incrustan de manera similar a ese esquivo y relevante "Twisterella" de "Billy Liar". No se trata de ambientar un paseo de tipos duros por la calle, o de abrillantar la entrada de los títulos de crédito. Nada que ver con la aproximación moderna, la banda sonora de canciones, de corte tarantiniano. Si la película es sobre rugby, que haya ebrios cantos de rugby ("If I Was The Marrying Kind"), si la película es de héroes de las clases populares, que haya números uno de los albores del hit-parade, que haya Helen Shapiro y yay-yay-yay-yay-ba-dum-be-do a la teen-girl-group ("Walking Back To Happiness", a esta jovencita la telonearon los Beatles, no lo olviden), y Al Martino, o mejor Richard Harris convertido en un Al Martino versión crooner taja de pub ("Here In My Heart"). Aquí las tienen, no solo para que les acompañen cinco minutos, sino para que las dejen entrar en su vida, que las dejen participar en ella, como participan en la vida de los protagonistas de "This Sporting Life", o como ya participan, notas, imágenes y palabras, en la nuestra, para siempre...


"If I Were The Marrying Kind", grabación de campo


Helen Shapiro - "Walking Back To Happiness", quince-años-ba-dum-be-do-y-los-Beatles-a-sus-pies


Al Martino - "Here In My Heart", versión crooner sobrio

"Here in my heart I'm alone, I'm so lonely
Here in my heart I just yearn for you only
Here in my arms I long to hold you
Hold you so near, ever close to my heart
So, darling

Say that you care, take these arms I give gladly
Surely you know I need your love so badly
Here is my heart, my life, and my all, dear
Please be mine and stay here in my heart"

18.11.08

Ahora feliz, feliz: Mike Leigh y Happy-Go-Lucky

Desde que en primavera tuvimos la fortuna de encontrarnos con un trailer de "Happy-Go-Lucky" supimos que queríamos ver esta película. Mike Leigh haciendo "una comedia sobre la felicidad" ... la historia de una profesora de primaria atolondrada y con un optimismo que no cabía dentro de su pequeña persona. Interés garantizado, pensamos, pero no apuesta segura. No más de lo mismo. Una traslación, un cambio de escenario, hacia la chispa, hacia la magia de las personas que son capaces de cambiar nuestro mundo. Héroes domésticos que no militan en ningún partido, pero que con gestos alocados aportan más sustancia y energía a nuestra vida que el mejor de los discursos. Personas que no tienen por qué impostar nada, porque no se deben a los poderes equivocados -como McCain, Obama o cualquiera de las marionetas que puedan optar a la presidencia de los EUA-, sino a sí mismos y a sus semejantes. Filántropos por necesidad, que ni aunque lo quisieran podrían ser de otro modo, que quizás solo puedan hacer felices a quienes tienen la suerte de estar cerca suyo, y esperar que esta influencia se convierta en una colorida marea capaz de llegar a los calles más grises del barrio, la ciudad, el país, el planeta.

Y eso nunca llega a suceder, claro, no al menos por completo, pero cuando alguien como Mike Leigh se pone a retratar a un personaje como Poppy Cross (magnífica Sally Hawkins) hay olas de colores que llegan a los rincones más desconocidos de nosotros mismos. Pequeños clicks aquí y allá que dejan en evidencia a la psicoananalítica, las tecnicas de crecimiento personal, la inteligencia emocional y a la madre que las parió a todas juntas. Imágenes, gestos, palabras y sonrisas que nos hablan desde la vitalidad, que nos hacen buscar con ansia a esa Poppy alocada que todos necesitamos, que todos deberíamos tener la suerte de encontrar a nuestro alrededor.


Poppy, la hortera, Poppy, la profesora disparatada, Poppy, la aprendiz humilde de cosas mundanas, como conducir o bailar (flamenco o el "Common People" de Pulp, lo mismo da), que sin pretenderlo acaba dando las lecciones que de verdad importan, las lecciones de optimismo y actitud positiva que solo se pueden impartir con hechos, nunca con palabras. Poppy crea la energía fundamental del universo, propulsa los cuerpos celestes de sus semejantes, aprende constantemente porque no siente vergüenza de equivocarse, y enseña aunque no lo quiera porque no teme acercarse a los seres más oscuros, a las personas más difíciles o diferentes. Cree sin planteárselo en una especie de retroalimentación emocional, y eso es lo que encuentra cada día, cuando otros no son capaces de encontrarlo en toda una vida.

"Laugh along with the common people, laugh along even though they're laughing at you and the stupid things that you do..."

Mike Leigh sacrifica el guión, se lo entrega sin condiciones al personaje. Poppy es lo único que cuenta en "Happy-Go-Lucky". Si la película tuviera un argumento más sólido pasarían dos cosas, una buena y otra mala: Podría llegar a todos los públicos como una de esas obras que se crecen con el boca a boca, y se atenuaría el impacto de su verdadera esencia, que es esa manera esperanzadora y luminosa de mirar a los ojos a la vida. Por eso, más que lamentarnos por la gran oportunidad desaprovechada por Leigh, preferimos disfrutar de sus fortalezas, de su sensibilidad, de lo que ha conseguido en el último de sus rodajes sin guión respaldado en actores de la RADA (que debe ser la mejor escuela de artes escénicas del mundo, porque todos los mejores, incluso el irreverente Joe Orton, parecen haber pasado por allí).


Leigh puede parecer un Papá Noel bonachón y simpaticote, pero eso no quiere decir que sus méritos sean menos. Necesitábamos que sus películas existieran primero, y se desprendieran de su amargura social después, para llegar a "Happy-Go-Lucky" ahora, y a lo que esté por venir mañana. Porque es el presente de su cine lo que resulta saludable y valiente, y el futuro lo que puede llevar su estrella, su lucidez y su utópico sentido común a un mayor número de cabecitas como la nuestra, aturdidas, tontas, ciegas, grises y pobres como ratas de las auténticas sensibilidades humanas.

5.11.08

As soon as I got to Borstal, parte 3

"And it's daft to think deep, you know, because it gets you nowhere, though deep is what I am when I've passed this half-way mark because the long-distance run of an early morning makes me think that every run like this is a life--a little life, I know--but a life as full of misery and happiness and things happening as you can ever get really around yourself--and I remember that after a lot of these runs I thought that it didn't need much know-how to tell how a life was going to end once it had got well started."

"La soledad del corredor de fondo" tiene TODO lo que hay que tener. Lo tiene como ningún otra historia de Alan Sillitoe (solo "Saturday Night, Sunday Morning" se le aproxima en efectividad), como ningún otro relato de la época, como ninguna otra narración del mundo, quizás. Habla -antes de que nos perdamos en elucubraciones- de la honestidad: de la lucha por hacerla valer, por mantenerla, por no perderla sean cuales sean las circunstancias. Habla de lo diferente que es el concepto para quienes la entienden como algo superfluo y prescindible. Y de cómo conseguir que se respete nuestra honestidad sin perder el tiempo en explicaciones inútiles. Honestidad por encima de todo. Honestidad in-your-face.


"La soledad..." es uno de los relatos más vehementes que se han escrito nunca. Ardiente, conciso, sin una frase de más. Fiel, por una parte, al intuitivo manual de estilo de Sillitoe ("tienes que deshacerte de lo recargado, hacer el lenguaje claro, simple, bueno"). Inseparable, por la otra, de la única actitud vital correcta: "rebelde, insatisfecha, despectiva con la autoridad".

En anteriores entregas hemos hablado hasta agotarnos de los angry young men y el free cinema, de Nottingham y la working class. Bien, todo esto forma parte, ciertamente, del Sillitoe de "La soledad...", ayuda a entender su estilo, "incondicionalmente realista y provincial", como lo han descrito por ahí. Pero no debería hacernos olvidar el hecho de que, escribiendo sobre lo que conoce (cuenta la leyenda que fue Robert Graves, mientras Sillitoe se recuperaba de tuberculosis en Mallorca, quien le animó a hacerlo, en estos mismos términos), Sillitoe está creando una enmienda universal al poder, mucho más inspiradora que cualquiera de las paradojas de la Biblia.

Lejos de estar pasado de moda, "La soledad..." mantiene su mensaje de beligerancia intacto. Comparado con la adaptación cinematográfica de Tony Richardson, el relato es incluso más rebelde, lleva la confrontación en todas y cada una de sus frases. La voluntad metálica de Smith es aquí indestructible, y su determinación evidente en cada línea, en cada palabra. Uno contra todos, y aun así no hay duda de quién será el (perdedor) ganador. Sea cual sea el final de la historia -y el final se anticipa desde el principio, de hecho-, uno sabe que Smith está haciendo lo correcto, y él, Smith, se alimenta y se crece con la idea de su propio as en la manga. Una idea que cualquiera (incluso sus compañeros) consideraría disparatada, si Smith se tomase la molestia de explicársela, cosa que no hace. Una estrategia a corto plazo que es una lección de actitud para toda la vida, para todo el mundo. Un gesto inapelable que demuestra que no siempre perdemos cuando todos piensan que lo hemos hecho. Aunque no lo parezca, tenemos las de ganar, el factor sorpresa de nuestra parte, cuando el resto del mundo piensa en ambiciones que no nos interesan lo más mínimo, cuando su concepto de victoria es radicalmente diferente al nuestro.


Sillitoe es listo. Toma un punto de partida interesante, para presentar a Smith en un universo de soledad, en el que sus incansables carreras por el campo se mezclan con incansables recuerdos, incansables pensamientos, incansables ideas de presente y futuro frente al orden establecido. A partir de un argumento jugoso, "La soledad..." funciona al revés de esas obras que solo buscan el entretenimiento. Uno puede usar simplemente sus habilidades para narrar, o puede ir más allá de ellas, como hace Sillitoe. Imaginando a Smith en todos esos magníficos pasajes sobre el hecho de correr fondo (no son paja, llevan en volandas el flujo de la historia y son los que de verdad dan sentido a esa vocecita en la cabeza de Smith), uno puede sentir lo mismo que él. Uno puede oír sus pensamientos, con toda claridad.

La mirada de Tom Courtenay en la última escena de la película está aquí presente durante todo el relato. Es como si pusieran sangre en nuestras venas, y veneno en la de nuestros enemigos. Smith (o Courtenay en la película), carrera tras carrera a través de la campiña inglesa, nos da un sentimiento de propósito. Corramos larga distancia o no (que es mejor cuando lo hacemos, desde luego), nos sentimos ira y obstinación, como él mismo. El primer y el último hombre sobre la Tierra. Piénsenlo bien: ¡El primer y el último hombre sobre la Tierra! ¿Hay algo más increíble que eso? Corramos, demonios. Corramos hasta agotar el aliento, incorruptibles, cargados de nuestra propia honestidad, aunque el resto del mundo crea que no tiene valor alguno. Corramos más rápido aún, cuando el frío nos golpee en la cara y los nudillos, haciéndonos más fuertes, más hombres (menos máquinas), más libres. Más luchadores, más grandes, física y emocionalmente. Menos adocenados, menos perezosos. Más satisfechos y menos culpables. Más Smith. Más Sillitoe. Más difíciles de someter. Vencidos, pero invencibles.

"Then he turned into a tongue of trees and bushes where I couldn't see him anymore, and I couldn't see anybody, and I knew what the loneliness of the long-distance runner running across country felt like, realizing that as far as I was concerned this feeling was the only honesty and realness there was in the world and I knowing it would be no different ever, no matter what I felt at odd times, and no matter what anybody else tried to tell me."

30.10.08

As soon as I got to Borstal, parte 2

Lo normal es, decíamos, llegar a "The Loneliness of the Long Distance Runner" a través de la película. Sobretodo en España, donde es un 80000% más habitual utilizar el emule (ah, por cierto...) que comprar un libro descatalogado. Alan Sillitoe está descatalogado de esa manera en la que se descatalogan aquellos autores que desinteresan por completo a su editorial, que no planea en modo alguno seguir reeditando sus libros, seguramente por no contar ni con las suficientes ventas ni con un editor capaz de compensar la falta de ventas con fe ciega y habilidad para sacar frutos del más fantástico de los materiales imaginables. Así que es posible que les cueste un poco conseguir el relato enseña de Sillitoe. Prueben en La Central, especialmente si se les da bien el inglés. Al menos la query online devuelve algo coherente, que ya es mucho. Pero no esperen a que se reedite el libro en España. Seguro que dentro de unos años se reeditará con todos los honores, pero la espera/incertidumbre no vale lo que cuesta una edición inglesa de bolsillo. Y a malas, ya saben dónde pueden leer el relato gratis.

Algún día incluso los editores españoles se darán cuenta de que "La soledad del corredor de fondo" es un relato importante, quintaesencial para una pequeña minoría dispuesta a buscar en la Inglaterra de los 50 unos vínculos con el aquí y ahora que, lo crean o no, existen. Se darán cuenta de toda la honestidad que ese relato encierra, de cómo sintetiza lo mucho que Alan Sillitoe tenía que decir en sus primeros años de escritura. Un KO técnico en toda regla, desde la primera a la última frase. El resto de los relatos que tradicionalmente se han editado con "La soledad..." tienen muchísimas virtudes, pero "La soledad..." posee el marco más perfecto de todos, y escupe desde Borstal con una puntería envidiable todos los sentimientos que albergamos los que, de alguna manera, somos como Sillitoe. Ajeno a cualquier época y lugar, "La soledad..." nos define con una exactitud y una determinación prodigiosas.

No tenemos demasiado claro si "La soledad..." debería ser el primer relato de Alan Sillitoe que uno debería leer. Su plenitud de significado puede generar unas expectativas que hagan parecer menores el resto de los relatos, cuando no debería ser así. "Uncle Ernest", "The Disgrace of Jim Scarfedale", "The Decline and Fall of Frankie Buller" o cualquier otro de los relatos del volumen son tan directos como "La soledad...", siendo su mayor brevedad la trampa que impide que sean tan impresionantes y completos como el que da nombre a la recopilación. Ciertamente, es encomiable lo que Sillitoe construye en apenas diez páginas (hay quien dice que los relatos cortos constituyen lo mejor de la producción Sillitoe), pero diez páginas no dejan de ser diez páginas, y nunca serán treinta y cinco. Los relatos parecen salir todos de la caldera de relatos de Sillitoe: Nottingham. Y ya saben lo que quiere decir eso... Casas de ladrillos con backyard, harapos, quinquis adolescentes, Irish stew para comer, arenques para cenar, fútbol, fábricas de tabaco, fábricas de motocicletas, té al acabar la jornada, y padres que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial y acaban asesinados por años de trabajo en esas mismas fábricas... Familias con el estigma de la clase obrera, fracasos a los que no es posible llamar así, y todo un pequeño tratado de lo que es sentirse black y fed-up ("On Saturday Afternoon", un favorito personal).

Las ficciones de Sillitoe se dedican desde Nottingham a hurgar en tus sentimientos: La soledad, muy especialmente, y también aquellos que tienen su origen en unas diferencias sociales que nos han venido dadas y que, ya que no podemos derrumbar, nos conforman, a la vez que nos proporcionan enemigos. A veces, da la sensación de que el Sillitoe de los 50 estaba más cerca de la verdad que los autores actuales, supuestamente dotados de una mayor perspectiva. Sillitoe escribe desde dentro, con un conocimiento del Nottingham más miserable que hace innecesario señalar con el dedo, porque el simple background de la narración ya es lo suficientemente claro y evidencia muchas cosas.

Sillitoe no se sangra innecesariamente, ni se regodea en la pobreza de los suyos. No es un autor social en el sentido panfletario, no intenta adoctrinar a nadie, ni se pierde en reivindicaciones explícitas, faltas de implicación verdadera. Sillitoe no es ningún brasas. Simplemente elabora su pequeña historia de ficción, y si a uno le puede parecer que describe algunos hechos que evidencian ciertas injusticias sociales, es porque el mero contexto las contiene. Es su vida, y la de muchos otros como él. Hay un vínculo real entre Sillitoe y esos pequeños detalles que nos llaman la atención, los que hablan de una lucha de clases que pasa desapercibida por culpa de su propia cotidianeidad.

Alan Sillitoe vivió y pasó miseria en Nottingham, como Frank McCourt vivió y pasó miseria en Limerick. En las narraciones de ambos permanece su propia experiencia, no como un látigo con el que fustigarse, sino como el mejor alimento de unas ficciones tremendamente vivas, y muy reales. Y, como McCourt, pero mucho antes que éste, Sillitoe es capaz de conseguir una sonrisa, una mueca en los peores momentos. Sus personajes enternecen sin ser babosos, su narrativa hacen reír sin pretender ser graciosa (¿hay algo peor, en este mundo, que pretender ser gracioso?). Está llena de pequeños héroes y villanos de la everyday life . Personajes apenas diez páginas, una corta pero hermosa vida en las manos de quien mejor les conoce, y quizás la única persona que puede hablar de ellos y convertirlos en destellos brillantes, en medio del gris generalizado del Nottingham de los 50.