Este señor es Martin McDonagh. Si le ven algún deje irlandés y barriobajero en la pose es porque es irlandés y barriobajero, si le ven alguna cosa perturbadora en la mirada es porque el caballero tiene historias perturbadoras en la cabeza. McDonagh es un tipo arrogante, y nadie lo discute: se lo puede permitir. Porque viene de donde viene, y puede acreditar que dejó la escuela a los 16 o que la BBC rechazó una veintena de sus guiones radiofónicos. Cuando todo lo demás falló, solo entonces, escribió teatro, confiesa. Y consiguió lo que buscaba: el éxito. ¿Lo hemos dicho ya? Martin McDonagh quería triunfar. Y rápido. Nada de escribo para mí mismo, nadie me entiende, o el tiempo me dará la razón. Aquí y ahora. Si falla un fuego hacemos otro y al final todo arderá, como Londres en 1966. Y si es necesario usar -USAR- el teatro para ello, bienvenido sea. Ahora ya ha conseguido su objetivo y todavía no ha parado, lo siguiente está siendo el cine (la multi-premiada y nominada para el Oscar "In Bruges"). Ambición total, aspiraciones de clase obrera.Para McDonagh, todo lo de los demás es una mierda. Excepto por algún escaso reconocimiento ajeno (Pinter y Tarantino, a los que no le importa citar, o Shepard, del cual irlandizó su "True West"), McDonagh es pura arrogancia juvenil. Nadie le ladra, aunque a los señores de la pasta no les importaría domesticar un talento, que suponen puede hacerles aún más ricos. Quienes intentaron estigmatizar sus obras, por violentas o por hacer un descarado uso del mal gusto, acabaron lamiéndole el culo. Eso debe significar algo, y más para alguien ya de por sí poco condescendiente como McDonagh. Malcarado y borracho, como buen irlandés, como buen londinense de suburbio, McDonagh se permite incluso chantajear a los teatros: hasta que no representen sus obras, no habrá nuevo material. Es así, sus historias inhumanas han llegado al público y se han ganado el respeto, su derecho a existir comercialmente, a base de machetazos, así que por ahora -mientras McDonagh no de un paso en falso, al menos- no hay negociación.
"L'home dels coixins" se representa en el Lliure. No les vamos a cansar de nuevo con el rollo del público, pero a veces, uno desearía que Ariel y el teniente Tupolski salieran del escenario a repartir estopa entre la espantada (pero demasiado segura) audiencia de clase media. Apunta eso, Xiscu Masó: Que no solo reciba Katurian. Katurian, el escritor, merece al menos la mitad de los palos que le dan. ¿O no? Ésa es la pregunta que "Pillowman" (2003) pone en primer plano, después de dos horas largas de interrogatorio, gritos y mucho humor negro. ¿Somos culpables de lo que escribimos? ¿Qué pueden hacerle cuatro frases bonitas a quien lo lea, por enfermas que sean? ¿Somos tan vanidosos que creemos tener el derecho a decir cualquier cosa solo porque tiene una cierta magia, aunque por dentro sea pura mierda?Katurian es metalenguaje, y eso tira para atrás, o enciende los warnings, como mínimo. Pero es que hasta en eso es remarcable McDonagh, los cuentos de Katurian son de lo mejor de la obra. Piénsenlo así: McDonagh tiene siete cuentos magníficos, y en lugar de explotarlos, venderlos, alargarlos innecesariamente, convertiéndolos en películas cuya historia se recordaría fácilmente, los resume y los usa para amenizar los interrogatorios de "L'home dels coixins". Decididamente, a este tipo le sobra talento.
Hay otras cosas detrás de toda esta macabra historia que pasan en general bastante desapercibidas para el horrorizado espectador. Son las cosas que McDonagh toma directamente de Harold Pinter, la dominación del individuo, la manipulación de las personas (aquí manifiesta en varios sentidos: de los polis a Katurian, de Katurian a Michal, de Katurian a los polis, de Tupolski a Katurian de nuevo), los juegos de poder. A "L'home dels coixins" no le falta, desde luego, contenido. Otra cosa es que busque la polémica por la cara, que lo hace y sin asomo de rubor. Busca el impacto fácil, y sabe dónde duele. Pero recuerden: Este tipo ha hecho humor negro del terrorismo irlandés y se ha reído a carcajadas de todo el West End. Ahora se ha armado de ponzoña, y escribe sobre crear relatos enfermizos, de parricidios y de matar a niños pequeños. Ningún actor da saltitos idiotas, cuando la representación acaba. Martin McDonagh no afloja. Y créannos, nadie aprieta como él.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada